martes, 25 de enero de 2005
Que los políticos de la derecha española han hecho muchos más esfuerzos que los de izquierda por situar y mantener a su masa social en sintonía con el espíritu de lo expresado en la Constitución de 1978 es algo que no se le puede escapar a nadie. Hay partidos derechistas, que aunque están a años luz del radicalismo destilado por la Izquierda Unida de Llamazares y Madrazo, o del odio de Carod Rovira, no es que no sean socios de Gobierno: es que ni siquiera existen en el Parlamento. Tampoco vamos a hablar del afán de un sector y otro de revivir la trágica guerra civil, en forma de homenajes por cuestionables méritos ora a las Brigadas Internacionales, ora a Companys. O de las veces que se han apedreado sedes de uno y otro partido.
Tan cierto considero lo anterior, como el hecho de que mientras yo cumplo religiosamente con mis obligaciones como ciudadano, en determinadas zonas de España se incumple una y otra vez la ley sin que nadie parezca ser penado por ello. Unas veces es un grupo terrorista separatista que está en las instituciones, otras veces es el incumplimiento de la ley por la que se obliga a que ondee la bandera de España en todos los edificios públicos, y otras veces esa bandera es directamente quemada y vituperada. Y todo ello sin la más mínima consecuencia penal para con nadie. Eso sí: que a nadie se le olvide subtitular las ofertas de ultramarinos en catalán, porque de lo contrario todo el peso de la ley caerá sobre el osado delincuente. Y cuando se hace algo por evitar esta paradoja y que el que incumpla la ley lo pague, la progresía lo deshace con el argumento de que esa no es la vía correcta. Que así se "crispa" al cacique nacionalista. No entro en el deber de todos los españoles de defender España, consagrado en el artículo 30 de la Constitución, para evitarme una depresión.
Señores del PSOE: ayuden a que la derecha española siga siendo representada por el Partido Popular. Hagan que la percepción de que la ley es implacable para proteger determinadas iniciativas, pero flexible e interpretable para defender la nación española, su integridad y sus símbolos, se diluya antes de que el vaso esté demasiado lleno.