Por fortuna hay en España ciudadanos responsables. Valoran su derecho al voto y gustan ejercerlo con fundamento. Les disgusta la confusión, la manipulación, las malicias, que les tomen por borregos o memos. La mayoría de ellos son europeístas convencidos. Cara al próximo 20 de febrero están indecisos, divididos en su interior, casi enfadados. Su reacción es normal, un verdadero síntoma de salud mental. No deben ir al psiquiatra.
Lo anómalo está siendo la convocatoria y su gestión gubernamental. Nació precipitada, sin verdadero debate. "Voten sin saber qué, que no es a ciegas porque votan Europa". Acabáramos, ley de punto final. Por fortuna, la sociedad civil está viva en España. Muchos intelectuales, profesores de Universidad, profesionales, en vez del trágala han escrito y puesto de relieve que entre el ideal de Europa y esta "Europa" del Tratado Giscard hay muchas leguas.
Para disipar dudas y vencer a los cascarrabias, Zapatero nos ha desvelado la razón del deprisa, deprisa? Es de las que hacen época. Se trata de batir un récord: ser los españoles los primeros europeos en aprobar la Constitución. ¡Menudo gran argumento! Parece que quiere apuntarse un gallifante -aquí y allá- y ufanarse con él cuando acuda a la próxima cita con los líderes europeos. Ay, este niño de sonrisa vana acompañado de anciana seca?
El texto del Tratado no ha sido cosa de niños, sino de tramperos. Se insiste ladinamente en que la cosa a refrendar es la primera Constitución de Europa. Pero no es Constitución -a pesar del malicioso juego de palabras de su denominación oficial- sino Tratado entre los Estados miembros de la actual UE. Por definirlo en breve, es sistematización del poder de los Estados, de las reglas para su ejercicio y de sus órganos, sin separación plausible de poderes, y con enorme concentración sobre el Ejecutivo que legisla, nombra jueces y ejecuta.
No son los ciudadanos de a pie, sino los Estados miembros los sujetos principales del Tratado. Tapados tras esos Estados, su clase política instalada. Bicoca para los profesionales de la política y la burocracia de las instituciones europeas. Se le ha añadido, amén de altisonantes preámbulos, declaración de derechos que no mejora las vigentes en las Constituciones de los Estados miembros, ni la contenida en la Convención Europea de Derechos Humanos. Y esa declaración de derechos se ha trufado, con un golpe de mano que habría maravillado a Maquiavelo y a Houdini, de un tumor canceroso llamado Presidium.
La sospecha, cada día más vehemente, es que el referéndum era, de suyo, innecesario. Tratándose de un Tratado, que según ha asegurado el Tribunal Constitucional no contradice ni modifica en sustancia la Constitución Española, bastaría con seguir el habitual procedimiento de aprobación de tratados internacionales por las Cortes. ¿Para qué, pues, convocar a todo el pueblo en un referéndum, encima no vinculante, sino meramente consultivo?
La creciente sospecha es que ZP acaricia el objetivo, a costa del famoso Tratado, de trasladarse a sí mismo la previsible victoria del sí a Europa. Plebiscito encubierto en favor de su persona. En el marco de esta sospecha -que me resisto a creer con la ayuda de cava catalán-, parece que encajarían ciertas piezas del confuso puzzle de estos días. Por ejemplo. ZP se traga con sonrisa de faquir todo el sable de la rotunda campaña en favor del no de sus socios en Cataluña y Cortes, pero se atraganta con la ponderada y abierta declaración de la Conferencia Episcopal y la falta de pasión venérea de la campaña del PP en favor del sí.
Y es que ZP había descontado ya a los independentistas, verdes y neocomunistas, pero daba por supuesto el voto europeísta de los católicos y del electorado del PP para apuntarse el plebiscito. Ahora la prueba del nueve, la trampa de fondo. Sabemos que es un Tratado y que en él España pierde la posición de Niza. No obstante, toda la campaña se gestiona como si la cosa fuese una gran Constitución, la primera para el ideal de la Unión Europea. Prisas y tópicos. ¿Por qué?
Pues porque se busca atrapar la conciencia y la responsabilidad europeístas de muchísimo ciudadano español, abrumándole con la propaganda de que vota el ideal de Europa, que refrenda su primera Constitución. En cambio, proponer que Europa sí, pero no así y con este Tratado?, son matices para escrupulosos. Se contrarrestan con más prisas y más tópicos. Particularmente, me niego a creer que ZP -oyendo sus mítines de estos días- sea tan memo o que juzgue a los españoles todavía más memos.