La crisis del 3% ha destapado la caja de los truenos en Cataluña. A pesar de los llamamientos a la calma del ministro José Montilla, la escalada verbal ha alcanzado tal virulencia que en este momento es la propia legislatura la que está amenazada con un tripartito a merced de los acontecimientos y una oposición, la de CiU, enrabietada, que se niega a acudir a las reuniones convocadas por Maragall sobre la reforma del estatuto.
El ex presidente Pujol se vio obligado ayer a salir a la palestra y lo hizo acusando a Maragall de «provocar la ruptura profunda» en Cataluña con sus acusaciones «extremadamente graves» contra el anterior Gobierno nacionalista.
La irrupción del ex presidente tiene una revelancia política indudable, ya que CiU se encuentra sumida en una importante crisis de identidad y su sucesor, Artur Mas, no acaba de hacerse con las riendas.
La falsa dureza con la que respondió a Maragall en el Parlamento, exigiendo que retirase sus palabras sin replicar sobre el fondo de las mismas, le convierte en rehén de su pasado como conseller en cap.
Pero Pujol tenía más motivos para comparecer. El Gobierno acusado de cobrar o permitir que se cobraran comisiones del 3% lo presidía él. Sus palabras suenan mucho a querer taparse las vergüenzas envolviéndose en la bandera de Cataluña.
Las apelaciones al patriotismo siempre le han sido rentables a CiU mientras ocupó el poder, aunque esta vez es dudoso que le sirvan de algo, porque el escándalo está llegando muy lejos. Sólo en una cosa tiene razón Pujol.
La crisis desatada por la incontinencia de Maragall ha podido servir para que el tripartito «se quitara de encima la presión» por la nefasta gestión del hundimiento de las casas del Carmelo.
Curiosamente, lo que también puede ser una muestra de que el PSC no es precisamente una piña, el alcalde socialista de Barcelona, Joan Clos, vino a coincidir al asegurar que las palabras de Maragall «no fueron oportunas» porque «apartaron el debate» de la crisis del Carmelo.
Al margen de los dimes y diretes, lo que se ha quebrado no es Cataluña, como sostiene Pujol, sino la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Tanto en lo que se refiere al funcionamiento de los servicios públicos como en cuanto a la limpieza en la contratación de obra pública. No vale, como ayer dijo Montilla, sostener que lo del 3% «era una insinuación» y no «una acusación formal».
Eso empeora más el asunto, ya que estaríamos ante un presidente completamente irresponsable que usa la tribuna parlamentaria para divulgar rumores.
Llegados a este punto no caben medias tintas. Es necesario que se investigue la acusación de Maragall caiga quien caiga y con todas las consecuencias. Lo peor que podría hacer la clase política catalana es correr un tupido velo sobre asuntos que afectan gravemente a la necesaria confianza de electores y elegidos.
Aunque oír a Carod-Rovira disculparse por «el espectáculo penoso» del 3% y pedir «madurez y patriotismo» a Maragall es como para perder definitivamente esa confianza.